Calidad educativa y formación del profesorado

19 de Octubre de 2012
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Calidad educativa y formación del profesorado

La formación del profesorado: un instrumento indispensable para mejorar la calidad educativa.

La calidad es un objetivo a alcanzar en cualquier empresa que pretenda ser eficiente, y por tanto lo tiene que ser también en un centro educativo. Es una demanda de la sociedad en la que vivimos y a la que servimos. Conseguir ese objetivo de calidad nos obliga a trabajar bien pero, al mismo tiempo, a formarnos más y mejor. Los colegios no pueden conformarse con una declaración de buenas intenciones recogida en el Ideario o en el Proyecto Educativo, deben tomarse muy en serio la formación de los docentes. En ello les va la calidad.

Esta reflexión no es nueva. Surgió hace ya bastantes años mientras un grupo de profesores intentábamos diseñar el plan de formación de nuestro colegio y tras haber leído y comentado un artículo de la revista “Cuadernos de Pedagogía”: “¿Cómo organizar mi propia formación?”. Y a pesar de que ha pasado bastante tiempo de aquello, estoy convencido de que, aún hoy, la formación sigue siendo una de nuestras asignaturas pendientes.

Recuerdo que dicho artículo ponía énfasis en la importancia de la formación del profesorado y en que los tiempos concedidos para ella no debían tener un excesivo carácter descendente, es decir, no debían ser tiempos impuestos a los sujetos de la formación (los profesores) desde las instancias superiores. Las administraciones educativas, a través de los cursos organizados por los C.E.P., o los órganos de dirección de los centros, con sus planes de formación internos, ponen un celo excesivo en tratar de controlarlo todo, llegando a determinar erróneamente la finalidad de la formación: cumplir burocrática y normativamente o seguir las imposiciones de un convenio laboral.

Muchos profesores (decía el artículo) coinciden en que la formación que reciben, y que generalmente se realiza fuera del horario escolar, resulta excesivamente teórica. Cuando la pretendes llevar a la práctica te das cuenta de sus dificultades de aplicación en el aula. Casi siempre queda demasiado ajena al contexto del centro educativo y de su realidad. Aun así el profesor lo intenta con entusiasmo, pero como generalmente está solo en el empeño, se termina aburriendo y abandona el trabajo emprendido. Y entonces aparece la frustración. Y eso sin contar que cuando se participa en esos cursos se suele estar tan cansado de las horas de trabajo en el aula que lo único que se desea es que la sesión formativa termine pronto.

En ese mismo artículo se planteaba otro modelo de formación que denominaba “la reflexión sobre la propia acción educativa”. Proponía establecer un estrecho vínculo entre la teoría y la práctica. Algo que se puede desarrollar dentro de la jornada escolar,  día a día. No rechazaba la formación tradicional, sino que sugería otra manera de entenderla que complemente y haga más eficaz la anterior. Supondría disponer de un tiempo de formación que no necesariamente tiene que estar “concedido” desde la autoridad, pero sí “considerado” como tal por esta. Son los tiempos que el mencionado artículo denominaba “de colaboración espontánea”: aquellos momentos que parecen no tener importancia, que algunos consideran una pérdida de tiempo y que sin embargo constituyen una auténtica formación porque se basan en las preocupaciones diarias y en el intercambio de incertidumbres propias. Se producen durante los tiempos de recreo, en los pasillos o en la sala de profesores, en una hora libre, a la entrada o salida del colegio, en los cambios de clase… Son esos momentos en los que se habla de los asuntos que nos preocupan y que nos interesan de nuestro trabajo. ¿Es que acaso no es formativo que dos docentes hablen de forma distendida sobre sus alumnos con dificultades y lleguen a compartir las estrategias de cada uno para mejorar su rendimiento o su comportamiento?

Es evidente que debemos cambiar el concepto de formación. Resulta muy aconsejable que en los centros se hable de profesión y de educación. Es el primer paso para sentir que somos especialistas de nuestro trabajo. Es un reconocimiento que necesitamos hacernos a nosotros mismos y es el camino para que el trabajo en equipo se realice con un verdadero espíritu de colaboración.

Sin embargo tampoco podemos reducir la formación a esa única modalidad, porque no sería suficiente. Se necesita además un tiempo formalmente establecido que permita reflexionar a los docentes de manera organizada y estructurada, que facilite la planificación escolar y que de pié a realizar una evaluación de lo realizado. En definitiva, que ayude a mejorar nuestro trabajo pedagógico. Un tiempo que no debe ser únicamente dedicado a satisfacer los intereses de otros (Ministerio, Delegación de Educación, Entidad Titular, Inspectores,…). Un tiempo que permita, sobre todo, cubrir las verdaderas necesidades de formación y que favorezca la participación del profesorado en su planificación y desarrollo.

Aceptar como buenas estas dos formas complementarias de organizar la formación supone, por un lado, la confianza de los equipos directivos en el claustro de profesores y, por otro, la respuesta adecuada del profesorado a esa confianza, participando activamente en esa formación.

Es la garantía de que la calidad sea algo más que un objetivo. Que sea una realidad.

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