¿Cómo debería ser un buen examen?

09 de Enero de 2014
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¿Cómo debería ser un buen examen?

Antes de nada comencemos con una afirmación que no debería ser discutida: todo examen debe ser siempre parte de la experiencia de aprendizaje de nuestros alumnos y no debe considerarse una parte anexa y separada del proceso de aprendizaje, ni como la culminación de un sistema que busca la penalización o el premio del alumno frente al trabajo realizado durante el curso.

Partiendo de lo anterior, deberíamos indicar que los exámenes pueden y deben tener dentro del aula muy diferentes propósitos, siendo uno de ellos la obtención de una calificación en la que podrá basarse la evaluación del alumno, y siendo otros el ofrecer, tanto al docente como a los propios alumnos, información realmente valiosa sobre la adquisición de los contenidos que se han tratado en el aula, la capacidad memorística de los alumnos, la capacidad para aplicar los conocimientos que se han adquirido para afrontar situaciones nuevas, conocer los desajustes sobre la adquisición de conocimientos y destrezas entre diferentes alumnos o grupos de alumnos, y por último y muy importante, para poder evaluar el propio trabajo realizado por el docente y prepararle para optimizarlo en adelante realizando los ajustes que considere necesarios.

Veamos, por lo tanto, algunas características que debería tener cualquier examen:

1. El examen debe ser justo, se debe ceñir a los conceptos y habilidades trabajados en el aula dejando de lado cualquier tentación de proponer preguntas que no puedan ser respondidas por la totalidad de los alumnos.

2. En todo examen deben aparecer preguntas enfocadas hacia lo general del tema a evaluar, y otras enfocadas hacia aspectos concretos que, a tenor del docente, merecen ser tratados de manera específica y con profundidad.

3. Se debe evitar, en la medida de lo posible, que el examen esté enfocado únicamente a evaluar las capacidades memorísticas de los alumnos. Se debe buscar el equilibrio entre el saber hacer y el saber recordar, y dando la importancia debida a cada una de estas dos características dependiendo de la materia, el momento del curso y el objetivo del examen.

4. La evaluación que se produzca a partir del examen debe ser claramente comprensible por todos los agentes que participen de él, dejando de lado cualquier tipo de ambigüedad que pueda dar la sensación de que esta evaluación se produce al azar o por motivos ocultos para cualquiera de las partes.

5. En la medida de lo posible el examen y su evaluación deben ser sensibles a factores que en un primer momento pueden ser irrelevantes, como las anécdotas ocurridas en el aula, las referencias culturales de los propios alumnos y del ambiente en el que se encuentra el centro educativo, el material empleado. Sin todo lo anterior se produce un efecto de lejanía entre lo vivido y percibido por los alumnos frente a los conceptos por los que se les están evaluando.

6. Muy importante: el examen debe ser resistente a trampas, al menos a aquellas que sean más fáciles de realizar por los alumnos durante su desarrollo. Para conseguirlo puedes cambiar el orden de las preguntas en el examen (siempre que sea posible), cambiar los datos de algunas de ellas o bien generar las preguntas para que tus alumnos puedan hacer uso de sus libros y apuntes durante el examen.

7. Y por último, una vez evaluado y transmitidas las calificaciones a los alumnos, un buen examen solo se dará por terminado tras escuchar los comentarios realizados por estos, con el fin de ser tomados en cuenta en la evaluación final como parte importante y fundamental del proceso evaluativo.

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