Evaluación de profesores. Una propuesta

16 de diciembre de 2015
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Evaluación de profesores. Una propuesta

El profesor Marina y su “Libro Blanco” han causado un gran revuelo. Y no es para menos. Pero lo cierto es que su propuesta no es ni original, ni nueva. Es más, quizá sea incluso necesaria. Ahora bien, lo que ha generado pavor, y es muy comprensible y yo lo comparto, es el miedo a que sea una mala evaluación, caprichosa y arbitraria, centrada sólo en los papeles y por lo tanto amplíe la triste burocracia en la que estamos metidos, y ponga en riesgo además nuestra profesión y dedicación. Por no hablar de que pueda dar lugar a un régimen de “encorsetamiento” protocolario de una relación –la del aprendizaje- de una amplitud y complejidad enormes. Ninguna de las críticas que se hacen son para tomárselas a broma, porque supondría empeorar abiertamente la calidad –tan buscada entre papeles- de la educación.

Siendo esto así, aceptando que este es el escenario actual, de poca claridad y mucha incertidumbre, me atrevo a lanzar unas cuantas ideas en torno a la evaluación de la actividad docente, en la que supongo que muchos de mis compañeros y yo mismo nos veremos ya reflejados.

  1. Todo buen profesor se evalúa, y lo hace muchas veces. Comparto con muchos de mis compañeros esa exigencia personal que nos lleva a “calificarnos” después de cada clase. Nos lo decimos interiormente: “Hoy ha sido una maravilla”, “Qué bien ha ido esta estrategia”, “Funcionan mejor de este modo”, “No ha sido mi mejor hora”, “Estoy cansado”, “Se ve que hoy no he acertado”. En el día a día en la escuela cada hora es diferente y de cada una de ellas salgo con “unas sensaciones” que tengo que integrar, pensar y valorar. Esta pequeña reflexión diaria y cotidiana me ha llevado a cambiar muchas cosas desde que entré, e incluso ahora procuro revisar lo que preparo.
  2. Una evaluación contextualizada. Es decir, que no se evalúe al profesor con unos criterios de excelencia inflexibles e inadaptables a la realidad de cada cual. O lo que es lo mismo, debería partir del mismo contexto, es decir del propio centro, esos criterios a partir de los cual ser capaz de evaluarse. El problema existe, ciertamente, cuando el arbitrio es generalizado y no hay en los centros un “estilo definido” de profesor, que haya sido reflexionado por el claustro. Cierto que cada uno es a una manera, pero la unidad en el claustro y entre los docentes tiene un valor educativo incalculable y demostrado. Es ahí donde debe propiciarse, exigirse incluso, esa reflexión y propuesta evaluable. Sin lugar a dudas ayudaría a tomar conciencia de los recursos humanos y la dotación material que tiene el centro, e igualmente impulsaría una mirada más certera del lugar en el que está y de las alianzas que se pueden hacer con el entorno (instituciones, universidades, organismos, familias…).
  3. Una evaluación rigurosa. Todos los años, al final de cada curso e incluso de cada periodo, existe un tiempo de evaluación con su memoria respectiva. Como muchos sabrán esto puede quedarse en papel meramente, porque es la dinámica que se ha impulsado de un tiempo a esta parte. Del mismo modo que los alumnos “vomitan” contenidos para sus exámenes, los profesores hacemos lo propio con estadísticas, datos y valores. El rigor viene dado por la capacidad para hacer propuestas sensatas y acertadas, es decir, inteligentes y transformadoras. O dicho de otro modo, que aquello que he ido aprendiendo durante el curso sobre mi propia práctica docente y la de mis compañeros, sirva para algo, se ponga al servicio de algo, sea beneficiosa e incluso buena. Corregir es de sabios, pero lo cierto es que en muchos centros el verbo más adecuado sería “mejorar”, y la pregunta “cómo seguir avanzando”.
  4. Una evaluación colegiada. Palabra más adecuada incluso que grupal, colectiva o participada, incluyendo todo esto evidentemente. Por colegiada entiendo aquí que pueda partir del mismo colegio, aceptando, por supuesto, propuestas de parte de alumnos, de familias, de compañeros, de la dirección. Me detengo a este respecto en la necesidad de, para dar calidad real a esta práctica, destinar tiempos adecuados a ello. Una buena evaluación se realiza cuando el equipo docente es animado a trabajar en equipo, a cooperar (algo que muchas veces no sabemos hacer, acostumbrados como estamos a que nuestro “juntarnos” es sinónimo de “reunirnos”). Y entiendo que esto es así porque tanto el proyecto educativo como la programación de aula no puede ser secuestrada por ningún profesor y que es enriquecida en el conjunto. Ahora bien, para esto hace falta tiempo y plazos razonables. Es aquí mejor que en ningún sitio donde se pueden poner medidas metodologías, de atención a la diversidad, de proyectos de innovación, de adaptación y crecimiento, de innovación en muchos frentes. De aquí sí que nacería una buena evaluación, práctica y concreta. Evidentemente es necesario escuchar a los mismos alumnos, tanto en cuanto ellos mismos estén implicados y comprometidos, al igual que a las familias. Sería ideal contar con unos y otros como agentes movilizadores de renovación y mejora continua.
  5. Una evaluación externa. En el panorama que dibujo la evaluación no está realizada por un “grupo de inspectores externos”, como dice el nombrado “Libro blanco”, con más intención fiscalizadora que de ayuda real y concreta. Una “evaluación externa” como panacea de la objetividad y de la pulcritud no es más que un estorbo poco implicado en la tarea educativa. Lo que sí me parecería interesante es que esta “observación” fuera realizada por compañeros de otros centros implicados, que cumplan una serie de requisitos y tengan unas horas liberadas del trabajo directo en el aula, para conocer y visitar otros lugares y acompañar a otros maestros. Evaluación entendida así se vuelve cooperación. Evidentemente, no cualquiera, insisto, sino con unos requisitos, con una práctica demostrada, que venga a impulsar y a colaborar, que genere más sinergias que la presión fiscalizante. Dicho sea de paso, ya tenemos muchas presiones, para pocos apoyos y respaldos. Pero sería interesante y mucho, abrir esta vía dentro de nuestra labor. Sirva de propuesta también para aquellos que dicen que nuestra carrera es pobre en posibilidades.
  6. Una evaluación escuchada y activa. Me temo que si las evaluaciones reales de los profesores, las evaluaciones sinceras y concretas, llegaran a la administración y a determinados equipos de dirección y gobierno, no sé qué pasaría con ellas. La capacidad de propuesta y reacción proactiva de los docentes se ve muchas veces frenada no desde los profesores, sino desde otras instancias. Sin lugar a dudas, la evaluación del profesor debería comprometer, no quedarse encajonada. Pero no sólo al profesor, también, por ejemplo, a las familias y a los propios alumnos. Y esto no es una cuestión de menor relevancia, cuya articulación es compleja dada la poca responsabilidad que sienten las familias hoy por hoy, y más en determinados contextos, en el seguimiento de la educación integral de sus hijos.

2 Comentarios

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  • Juan Ignacio Palaciol 28 de diciembre de 2015

    Comparto lo que dices. En la universidad se ha consolidado un sistema de evaluación que además de haber aumentado los trámites burocráticos ha generado una carrera por publicar, con independencia del interés científico y social de lo publicado, para poder acceder a las plazas de profesorado y promocionarse individualmente. Además se ha tratado de controlar los órganos o comisiones de evaluación, de forma que bajo el rótulo de la “objetividad” y la “excelencia” se va concentrando un núcleo cada vez más reducido de poder que valora únicamente lo que entra dentro de sus círculos de influencia e interés.
    Si se instalase un sistema semejante en la enseñanza secundaria pasaría algo parecido y acabaría por deteriorarse aún más la enseñanza en vez de abordar la reforma necesaria. Lo que se requiere es que haya menos asignaturas para evitar una proliferación y dispersión de conocimientos que impide que se relacionan unos con otros, que es lo que educa y da la capacidad crítica inherente al verdadero conocimiento. La enseñanza secundaria tiene que proporcionar una cultura general para todos a partir de la cual haya capacidad para especializarse profesionalmente (lo que no debe requerir de forma casi inevitable y mayoritaria ir a la universidad) e integrarse plenamente en la vida social de forma activa y responsable (requisito básico de una sociedad que se pretende democrática). La misión de la universidad no puede ser la formación de profesionales, aunque evidentemente muchos de los que vayan a la universidad ejerzan como tales, sino la de científicos. En Francia los profesionales de mayor cualificación se forman en Escuelas de Altos Estudios, distintas de la universidad propiamente dicha, y en Alemania también la formación de profesionales se distingue claramente de la universidad. En todo caso la clave esá en la reforma de la estructura y contenido del sistema educativo en su conjunto, empezando por garantizar una enseñanza primaria universal y de calidad, y una enseñanza secundaria con finalidad propia y no como un mero paso para acceder a la universidad

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