La educación emocional: ¿una nueva asignatura?

13 de enero de 2016
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La educación emocional: ¿una nueva asignatura?

Los cuatro partidos políticos que han obtenido mayor representación parlamentaria, en las elecciones generales del 20 de diciembre, han dedicado un apartado importante dentro de sus programas electorales para hablar de educación. Todos son conscientes de la trascendencia que la educación tiene para la formación de los ciudadanos en un mundo globalizado, tecnificado e intercultural; por ello avanzan que es necesario un pacto educativo a nivel nacional que ofrezca estabilidad al sistema educativo y acabe con la volatilidad de las leyes de educación derivadas de los cambios de gobierno.

Uno de los aspectos que llama la atención es que todos estos partidos, independientemente de su orientación política, citan el concepto de inteligencia emocional y la relacionan con la innovación y la calidad educativa.

Unos lo hacen aludiendo a los cuatro aprendizajes que, según la UNESCO, deben adquirir los ciudadanos en el siglo XXI y que en el transcurso de la vida serán para cada persona los pilares del conocimiento: “aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser”. Así, sin citarla expresamente, la vinculación con la inteligencia emocional es evidente. Por un lado, apela a la responsabilidad que tiene uno mismo en conocerse y en crecer como persona; y, por otro, la vinculación de la persona con los demás en la búsqueda de unas relaciones más fructíferas, que tengan como objetivo último hacer un mundo más humano.

Otros explican que incorporarán en la oferta formativa de todos los currículos y en todas las etapas educativas la utilización de metodologías pedagógicas innovadoras, “siendo esencial dotar a los estudiantes de habilidades y competencias sociales, capacidad de trabajo en equipo e inteligencia emocional”.

Finalmente, de los dos partidos políticos restantes, uno de ellos propone la incorporación de una asignatura de inteligencia emocional en la ESO, a la vez que apuesta por “unos profesionales preparados para la innovación, la evolución, la flexibilidad y la competencia, estableciendo una formación inicial que asegure una sólida formación pedagógica y una práctica adecuada a las nuevas metodologías y retos educativos”. Por su parte, la otra formación política indica la puesta en marcha del Aprendizaje Social y Emocional (ASE) que incluye el autoconocimiento; la gestión emocional; la gestión interpersonal y social; las habilidades relacionales y resolución de conflictos; y la toma decisiones responsables, éticas y constructivas en el ámbito personal y social.

Todas estas propuestas son una buena noticia para el mundo educativo, sobre todo porque ya existen precedentes recientes en el sistema educativo español. En el año 2007, la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha incorporó la competencia emocional, como novena competencia básica, para poner el énfasis en el valor de las emociones y sentimientos, como contenido explícito del currículo.

También, en el curso 2014/2015 se incluyó en el currículo de Educación Primaria en las islas Canarias la asignatura de Educación Emocional y para la Creatividad. En los argumentos psicopedagógicos que justificaban esta decisión se citaba que “la asignatura tiene como principal finalidad dotar a los niños y niñas de Educación Primaria de herramientas pedagógicas, que les permitan aprender mejor, ser mejores ciudadanos y más felices; en definitiva, el desarrollo del bienestar personal y social”.

Casi todos los docentes, a lo largo de su vida profesional han educado con inteligencia emocional. Algunos lo sabían desde el principio y otros se han dado cuenta con el paso del tiempo. Las familias, como principales educadoras, también saben de su importancia. Sin embargo, lo que un sistema educativo moderno debe promover es que las habilidades sociales y emocionales se contemplen desde una perspectiva científica. Bien como una asignatura, con contenidos, metodología y evaluación; o con competencias emocionales que facilitan la convivencia, la resolución de conflictos y la mediación, los centros escolares deben convertirse en un espacio colaborativo donde profesores, alumnos y familias interactúen con confianza y se enriquezcan con los beneficios que aporta la inteligencia emocional.

José Luis Domínguez López. Profesor de ESO y Bachillerato. Editor de Humanidades en SM. Postgrado en Coaching Educativo e Inteligencia Emocional.

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