¿Enseñar? ¿O entrenar?

12 de febrero de 2016
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¿Enseñar? ¿O entrenar?

Anselmo Peñas

Director de Jóvenes Inventores

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Es absurdo pensar que para ser entrenador de un atleta es necesario hacer mejores marcas que el propio atleta. ¿Cuál es el papel del entrenador? Igualmente, el objetivo de un profesor debe ser que sus alumnos y alumnas acaben haciendo mejores marcas que él, que los niños y niñas tengan la capacidad de mejorar sus propias marcas, y que hagan la mejor marca que pueden llegar a hacer.

El conocimiento de un alumno jamás debería estar limitado por el currículo docente, ni por la dinámica de aprendizaje, ni por el propio conocimiento del profesor. En general, no debería estar limitado por nada. ¿Esto obliga a los profesores a ser expertos de todo? Sería como obligar a un entrenador a ser un atleta de élite.

Me parece pertinente, por tanto, preguntarse:

  • ¿De qué tiene que ser experto el profesor?
  • ¿En qué debemos entrenar a nuestros alumnos?

Todo entrenamiento se basa en cierta repetición buscando perfeccionar el resultado. Si nos fijamos en aquellas tareas que obligamos a repetir más a menudo a nuestros alumnos tendremos una pista de en qué les estamos entrenando:

  • el entrenamiento de una competencia: saber comentar un texto, saber aplicar una operación aritmética a un problema, etc.
  • el entrenamiento de un hábito: hacer deberes, escuchar la explicación de un profesor, estudiar para un examen, etc.
  • el entrenamiento metodológico: cómo planteo la resolución a un problema, cómo construyo una solución, cómo encuentro una respuesta, etc.
  • el entrenamiento de una posición activa frente al conocimiento: formulo preguntas, me interrogo sobre las cosas, me propongo retos, comunico mis ideas, discuto las de los demás, etc.

Realmente, ¿en qué les estamos entrenando?

Evidentemente, si como profesor no quiero convertirme en un límite para ellos, debo entrenar su capacidad para adquirir (e incluso generar) conocimiento por sí mismos utilizando todos los recursos de los que hoy en día disponen.

¿Qué facetas entonces tendría que entrenar? ¿Las estoy entrenando? Para ser sinceros, nadie me va a evaluar positivamente por hacerlo. En cambio, sí si dominan la lectura, la escritura y la aritmética. Y además, ¿realmente se puede entrenar a los alumnos en metodología y en una posición activa frente al conocimiento?

Puesto que el entrenamiento se produce por una exposición repetida a una misma situación, ¿por qué no podría entrenarse? La clave está en dar con aquello a lo que exponerles repetidamente. ¿Por qué no exponerles repetidamente a una situación en la que su aprendizaje sea resultado de aplicar un método, una estrategia, y a que posteriormente discutan con sus compañeros sus conclusiones?

¿Cómo se les pone en la necesidad de tener que aplicar un método? Los métodos son necesarios cuando hay un misterio por resolver. En un exceso de seriedad los científicos llaman “preguntas de investigación” a los misterios. Pero, en realidad, son científicos porque les gustan los misterios, no las preguntas de investigación.

Todo conocimiento es resultado de haber formulado una pregunta. Aunque ésta no sea explícita y se manifieste como mera curiosidad. Preguntar es iniciar. Una pregunta poderosa es aquella que por sí misma genera el deseo de conocer su respuesta. Ese tipo de preguntas están en el origen de nuestro conocimiento.

En lo que respecta a nuestros alumnos, ¿les entrenamos en hacer preguntas? ¿Acaso no podríamos hacerlo? ¿Les formulamos preguntas que nosotros no sabemos responder? ¿Podríamos averiguar la respuesta con ellos?

En lo que respecta a nosotros, ¿cómo debe formularse la pregunta para que la curiosidad sea irresistible y provoque el deseo de iniciar una búsqueda? Eso sí que es algo en lo que merece la pena hacerse experto.

Los misterios tienen un poder de atracción irresistible. Y a la vez, todo nuestro conocimiento se origina en la indagación de un misterio. Y hay tantos misterios por resolver. Pero, también, hay infinidad de misterios ya resueltos: los más fáciles, los que podría resolver un niño. ¿No es injusto que ellos ya no los puedan vivir como misterios porque para los adultos ya dejaron de serlo? Es como si de los cuentos sólo nos contaran las moralejas. ¿Quién querría escuchar más cuentos? Básicamente, así es como les obligamos a aprender, memorizando las moralejas sin haber escuchado el cuento. Sin haber hecho por sí mismos el recorrido. Por ejemplo, ¿quién no sabe multiplicar números de varias cifras? Pero, ¿alguien sabe por qué lo hacemos así? ¿Cuántos contenidos en matemáticas sacrificaríamos a cambio de que reinventaran por ellos mismos un método de multiplicación?

Lo bueno de los misterios resueltos es que podemos usarlos con nuestros alumnos trazando el camino de pistas que llevan a su resolución. No será necesario que dediquen años para inventar un nuevo método para multiplicar. Pero sabrán qué es multiplicar y no sólo cómo se multiplica. Y lo bueno de los misterios es que se pueden presentar de maneras muy atractivas. Irresistiblemente atractivas con un poquito de teatro y un poquito de cuento.

Hace unos años la palabra “enseñanza” entró en decadencia en pos de la palabra “aprendizaje”. Al fin y al cabo, una buena enseñanza no es un objetivo en sí mismo, sino un buen aprendizaje. Sin embargo, poner el foco en el aprendizaje nos puede llevar a cargar la mochila únicamente en las espaldas del alumno, como si no hubiera agentes responsables de favorecer ese aprendizaje. Es posible que, efectivamente, el foco deje de estar en enseñar. Al fin y al cabo, cada vez hay más opciones para aprender. Pero si no es en enseñar, ¿entonces en qué? Si me preguntan, yo diría que en entrenar. Y si me preguntan entrenar en qué, yo diría que en resolver misterios. A ser posible con método.

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