Un paseo por la montaña

21 de junio de 2016
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Un paseo por la montaña

Gema Sancho es Máster en Psicología del Coaching por la UNED, Coach PCC Certificada por ICF (International Coach Federation), licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales, y MBA por el Instituto de Empresa.

Salí a caminar temprano. El frescor de la mañana invitaba a disfrutar de la naturaleza. Pero lo que prometía ser un agradable paseo pronto se tornó en una difícil prueba que superar.

Los primeros kilómetros resultaron sencillos. El camino se extendía suavemente entre los campos de jaras y romeros en flor y los mirlos animaban el paseo con su canto.

Poco a poco el sendero se fue estrechando y aumentando su pendiente.  Por momentos parecía desaparecer, pero a lo lejos alguna señal siempre volvía a indicar la ruta.

Las rocas comenzaron a hacerse más y más grandes hasta que la arena del camino se convirtió en una sucesión de sólidos peñascos. A medida que iba subiendo, al aire le costaba más alcanzar mis pulmones. Pero la belleza del paisaje hacía que esas dificultades parecieran insignificantes.

Seguí escalando. Roca a roca. El cansancio iba haciendo mella, pero disfrutaba de cada paso. Algo me impulsaba a seguir subiendo. Pronto me encontré en un precioso paraje solitario. Unicamente las rocas me acompañaban. Y allá en la cima, las águilas sobrevolaban curiosas mi empeño por seguir subiendo.

Ahora el camino apenas se intuía entre las grandes piedras. Pero volver atrás ya no era una opción. Demasiado empinado. Estaba utilizando manos y pies para trepar hacia la cima. Me faltaba el aire y comenzaba a sentir el cansancio. El sol comenzaba a castigar mi espalda. Pero la curiosidad me empujaba más y más arriba.

Poco a poco la montaña iba cediendo a mis pasos y unos kilómetros más tarde logré coronar mi objetivo. La recompensa llegó como una ráfaga de aire fresco. Las preciosas vistas que se alcanzaban a disfrutar desde esa última piedra hacían que todo el esfuerzo hubiera merecido la pena y el que el cansancio desapareciera.

Me tomé unos minutos para reponer fuerzas y para respirar toda la belleza que se abrazaba desde las alturas.

Pero pronto me di cuenta de que tan sólo estaba a mitad de camino. Ahora debía comenzar el descenso. Una idea cruzó mi mente: ¿Realmente había previsto la bajada en mis planes iniciales o se trataba de algo con lo que me había topado casi sin darme cuenta?

En cualquier caso, era algo que debía hacerse. Y sin perder mucho tiempo. Por un instante calculé el tiempo que había empleado en la subida y recordé los tramos más complicados del camino. Imposible. Volver a recorrerlo de vuelta no era posible. Debía seguir adelante y encontrar otro camino de bajada.

Desde mi posición privilegiada podía ver algunos metros más abajo una idílica pradera verde que parecía extenderse hacia la otra ladera de la montaña. Era una postal de ensueño. Y nada hacía prever que ese precioso manto de hierba y flores se convertiría en el inicio del más tortuoso de los senderos.

Comencé a bajar y pronto las florecillas se convirtieron en zarzas y los tiernos brotes de hierba en altos y ásperos matojos. El camino se estrechó hasta no abarcar más que el ancho de mi pie. El sol me castigaba ahora con fuerza y mis piernas comenzaban a flaquear por el cansancio acumulado. El terreno se volvió inestable. Cualquier paso en falso podría derivar en una dolorosa caída. Las abejas zumbaban a mi alrededor mientras me abría paso entre las ramas y espinos. Paré por un momento y miré a mi alrededor. Ya no podía volver atrás, demasiado peligroso. Pero hacia delante…¡no había camino! Tan sólo una pendiente cada vez más pronunciada. Hace unos meses, pensé, me habría puesto a llorar. La desesperación me invadía. Estaba muy cansada. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué iba a hacer ahora?

Las letras de Antonio Machado acudieron a mi memoria: Caminante no hay camino, se hace camino al andar…

No había camino. Pero con cada paso que daba, de alguna manera conseguía crear mi propia senda. No había nadie a quien pedir ayuda. Y sin embargo, comencé a escuchar voces que me animaban a continuar y sentí como si una mano firme me ofreciera su ayuda. Cuando todo parece perdido siempre hay una salida. Cuando te sientes solo siempre hay alguien dispuesto a compartir tu carga.

No sabía si podría conseguirlo pero ni siquiera me lo planteé. Tan sólo guardé mi miedo bien dobladito en un bolsillo y seguí avanzando sin mirar atrás. Sentía cómo mis rodillas temblaban por el esfuerzo y temía que no fueran capaces de resistir. Pero tenían que hacerlo, no estaba dispuesta a abandonar.

Poco a poco, paso a paso, se fue haciendo camino. Y tras lo que me pareció una eternidad conseguí alcanzar tierra firme. Me senté a reponer fuerzas. Tenía mucha sed y mi cuerpo estaba cubierto de arañazos. Los insectos y las zarzas se habían cebado especialmente con mis piernas. Pero una gran sonrisa adornaba mi cara. Lo había conseguido.

Miré hacia atrás y me sorprendí de haberlo logrado. Por un instante pensé en los acontecimientos que habían ocupado mis últimos meses. En ocasiones la vida nos pone dificultades en el camino, nos hace dudar de nuestras fuerzas, pero sólo para que nos demos cuenta de que somos mucho más fuertes de lo que creemos y para que aprendamos a valorar cada momento, a disfrutar de cada paso de nuestro propio camino.

Sacudí los restos de las plantas que aún se aferraban a mi ropa y me levanté dispuesta a comenzar una nueva aventura. ¡Adelante!

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