Los hombres y las mujeres buenos, ¿dónde están?

20 de octubre de 2016
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Los hombres y las mujeres buenos, ¿dónde están?

José Luis Domínguez López. Profesor de ESO y Bachillerato. Postgrado en Coaching Educativo e Inteligencia Emocional.

Vivimos en un mundo violento. Siempre ha sido violento, pero ahora hay una diferencia respecto al pasado y es que tenemos acceso a una gran cantidad de información que hace que esa violencia se cuele en nuestros hogares, se instale con nosotros, se haga cotidiana. Ya sea en forma de conflictos bélicos, de violencia económica, de violencia de género y de violencia escolar… Sin embargo, la mayor parte de las veces, toda la información que recibimos no la sabemos transformar en conocimiento, es decir no la convertimos en aprendizaje a través de la reflexión y luego de la acción. Si lo hiciéramos cualquier noticia de una agresión de un ser humano hacia otro ser humano no debería dejarnos indiferentes.

El suceso que ha tenido lugar en un colegio donde un grupo de niños han agredido físicamente a una niña debe hacernos tomar conciencia sobre lo que está ocurriendo. Por eso como ser humano me pregunto:

¿Dónde estaban los amigos y amigas de la niña agredida? ¿Dónde estaban el resto de compañeros y compañeras de clase? ¿Dónde estaban el resto de alumnos? ¿Dónde estaban los profesores que cuidaban el patio del colegio? ¿Dónde estaban el resto de profesores? ¿Dónde estaba el equipo directivo? ¿Dónde estaban los padres de los niños agresores? ¿Dónde estaban las autoridades educativas? ¿Dónde estaba la sociedad en general? ¿Dónde estaba cada uno de nosotros? ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estaban todos esos hombres y mujeres buenos?

Todos los colegios tienen un ideario basado en valores. Cada vez más rápido se instalan programas de innovación educativa relacionados con las nuevas tecnologías, el bilingüismo, el aprendizaje cooperativo, el aprendizaje basado en proyectos, las inteligencias múltiples, la inteligencia emocional, el coaching educativo, etc. Todo esto es maravilloso pero no debe hacernos olvidar que son medios para conseguir un para qué: para aprender a ser personas, para ser personas que conviven en armonía con otros seres humanos, para conseguir una vida feliz.

Creo firmemente que la educación puede conseguir todo esto. Sin embargo, los sucesos violentos que ocurren, con frecuencia, nos deben hacer reflexionar sobre lo que es verdaderamente importante. Nos tenemos que preguntar cómo se llegan  a estas situaciones, qué responsabilidades hemos podido tener, por acción u omisión, como padres, como alumnos, como educadores, como autoridades, como ciudadanos…. La única forma de cambiar, de ser cada vez mejores, es tomar conciencia. Solo lo que se conoce es posible transformarlo.

La educación debe proporcionar herramientas para que nuestros niños y jóvenes puedan afrontar los retos que la vida les va a exigir. Debemos ensalzar las virtudes de los seres humanos, hacerles ver que los hombres y las mujeres buenos son mayoría en todo el mundo pero, también, advertirles de que tenemos un enemigo que nos acecha de manera implacable: la indiferencia. Debemos inculcar a nuestros alumnos que nada que ocurra a su alrededor puede dejarles indiferentes. A la indiferencia hay que plantarle cara, desenmascararla, ver más allá de nuestro propio interés, desterrar nuestros miedos, apoyarnos unos a otros y considerar a cualquier persona como un igual, como uno de los nuestros. Ya sea en la mirada de un anciano en un campo de refugiados; en la desesperación de una madre por su hijo hambriento; en el futuro incierto de un inmigrante o en la humillación de una niña al ser agredida por sus compañeros de clase.

Da igual que persona sea y en qué circunstancia esté. Solo así podremos evitar lo que escribió, en el siglo XVIII, el pensador británico Edmund Burke:

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