Educar para soñar

31 de Enero de 2017
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Educar para soñar

Vivimos en una época de cambios donde todo es posible. Uno de los aspectos más interesantes de la cultura occidental es que lo que hoy imaginamos puede ser una realidad concreta en pocos años, y esto lo podemos comprobar fundamentalmente en el desarrollo tecnológico.

Sin embargo, la idea de crear y de imaginar es difícil y, por lo tanto, es necesario dedicarles el tiempo y el espacio suficiente para que puedan germinar. El mundo tecnológico y digital no facilita mucho las cosas porque nos ha instalado en un escenario de lo inmediato y todo está al alcance de nuestros dedos. Estamos perdiendo la capacidad de esperar y también de reflexionar sobre lo que nos ocurre. La escuela no es ajena a estos cambios. Es casi imposible, en la actualidad, no relacionar innovación educativa con aplicación y desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación.

Pero ¿es posible innovar sin usar las TIC? Para contestar a esta pregunta me apetece mucho soñar. Como educador deseo imaginar otros escenarios de aprendizaje; otros métodos de trabajo; otros recursos didácticos; otros espacios que favorezcan mucho mejor las relaciones entre aprender y educar. Deseo relacionarme de otra forma más humana con mis alumnos, con los padres y madres, con mis compañeros de trabajo y con el resto de la comunidad educativa. Voy a soñar.

En este sueño veo a hombres y mujeres adultos acompañando a niños y jóvenes. Unos están sentados en el suelo, en un espacio al aire libre. Otros hablan en pareja mientras pasean. Otros juegan a la vez que aprenden. Se facilita el autoconocimiento en los jóvenes para ayudarles a conectar con sus deseos y sus talentos ocultos; se educa en la gestión de las emociones y en las habilidades sociales. Adultos y jóvenes se hacen preguntas. La enseñanza y el aprendizaje viajan en las dos direcciones. No hay espacios cerrados, ni artilugios tecnológicos, ni libros. Solo personas que se comunican.

Me he despertado. Tengo la sensación de haber conectado con un tiempo primigenio donde la educación solo dependía de, al menos, dos personas que fomentaban las relaciones entre ellos; que deseaban aprender mutuamente; que cada uno aceptaba a la otra y reconocía su rol. Donde soñar era tan sencillo como mirar al cielo, a la naturaleza y a otros seres humanos e imaginar que otros mundos eran posibles.

Sin embargo, no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. No quiero vivir en otra época. Me siento a gusto en esta. No quiero prescindir de la tecnología, ni de la inmensidad de recursos didácticos que existen, pero tampoco quiero prescindir de las posibilidades que tiene un ser humano. Como educador quiero facilitar la búsqueda interior de cada uno de mis alumnos, acompañarles en su viaje formativo, estimularles a que sean creativos, innovadores y se dejen llevar por sus ensoñaciones en sintonía con el universo. Que se sientan que forman parte del presente, pero, también, del pasado y del futuro de la humanidad.

Animo a todos los que nos dedicamos a la educación a soñar. ¡Ojalá lo hagamos todos juntos¡ Cuánto más seamos mejor. Busquemos esos espacios de recogimiento, de paz; cada uno sabrá cuál es el mejor. Sin embargo, no debemos olvidar que para que nuestros sueños se hagan realidad hay que despertar. Despertemos, pues, a una realidad nueva en compañía de otros.

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