Nos queda tanto por aprender

11 de mayo de 2017
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Nos queda tanto por aprender

Recuerdo mis días de Universidad con nostalgia, con una sonrisa en mis labios por las amistades que hice en ella, las miles de anécdotas que podría contar (otras son top secret y siempre negaré que yo participara en ellas), los profesores con los que aún conservo algún contacto y todos los conceptos que aprendí (que fueron muchos). Pero desgraciadamente, a pesar de “aquellos maravillosos años”, la Universidad no me enseñó a dar clase. Dentro de su programación no entraba prácticamente la formación didáctica… ¡Qué lástima! Aquellos que vengáis de una licenciatura y deis clase en Secundaria, seguro que sabéis de lo que hablo.

Cuando empecé mi carrera, tenía claro a lo que me quería dedicar, por ese motivo no podía dejar pasar la oportunidad de hacer prácticas (voluntarias) en un centro escolar y conocer de primera mano qué era realmente estar en “el campo de batalla”, a qué me iba a enfrentar en breve y si era aquello lo que quería hacer el resto de mis días. No entendía cómo una carrera universitaria donde el 80% de los estudiantes acaban siendo profesores no elegían realizar estas prácticas ¿Cómo sabían si era la educación lo que realmente querían hacer? Yo puedo desear con todas mis fuerzas ser enfermera y desmayarme el primer día al ver la sangre…no sé si me explico. Yo deseaba ser profesora de Secundaria porque otra profesora me inspiró, me escuchó y me hizo amar su asignatura (que ahora es la mía) y quería ser como ella, pero eso no significaba que yo sirviera para ello. Debía comprobarlo previamente y darme cuenta si ésta era mi vocación.

Tuve la suerte de tropezarme con una tutora de prácticas que me permitió disfrutar de cada instante y reafirmó mi idea (¡Ay, cuán es de importante la persona que te guía!). No es una decisión que hay que tomar a la ligera pues me sentía (y me siento) responsable de cada personita que entra en mi campo de visión…no hace falta que sea mi alumno para que pueda ayudarle, pero ese sería tema para otro post.

Vale, ya está , ya has terminado tu carrera. Ya eres licenciado y hacer un curso de capacitación que es el que se supone te dará los súper poderes que precisas para empezar tu labor, ¿es todo lo que necesitas para ser un buen profesor? ¿Dejo de formarme porque ya tengo un título donde pone que estoy capacitada para rellenar con conceptos la cabecita de los que fueron y serán mis alumnos? No es lo que quiero.

Esta profesión no debe estancarse (estancarte). ¿Tus alumnos de hoy son los mismos que de los de hace 10 cursos? ¿Tus alumnos de hoy serán los mismos que de los de dentro de 10 cursos? La respuesta a ambas es fácil… No. Pero NO en mayúsculas, ni siquiera si solamente contamos cinco cursos. Entonces, ¿por qué en muchas ocasiones todos nos encontramos con profesores que siguen dando las clases como nos la daban a nosotros hace (“taitantos”) muchos años?

Es como si, por ejemplo, contáramos que un médico (de la especialización que fuera) estuviera utilizando técnicas del siglo pasado para realizar alguna operación a su paciente. Seguro que nos echaríamos las manos a la cabeza al oír semejante atrocidad con los adelantos y técnicas (afortunadamente) que existen hoy en día para facilitar tanto el trabajo del médico como la recuperación del paciente. Pues, salvando las distancias, podemos hacer un símil con educación.

Si estás leyendo esto es que te importa tu salud (digo, tu formación) y la de tus alumnos.

Los docentes, nosotros, somos la pieza fundamental para llevar a cabo una educación de calidad. Todo lo demás, nos puede facilitar nuestra labor (y tanto) pero no debemos echar balones fuera y cada uno de nosotros tenemos que asumir nuestra responsabilidad con nuestro trabajo.

¿Por qué dicen que la educación de Finlandia y Japón son las mejores? ¿Ya lo sabes verdad? Por la calidad de sus profesores. Allí eligen a la élite de cada carrera universitaria para ofrecerles ser profesores, tienen una formación inicial y permanente del profesorado y la continua incentivación y motivación que reciben son clave para mejorar cualquier sistema educativo. Ahora me diréis que a nosotros ni nos incentivan ni nos motivan…entonces, me enfado y dejo de respirar.

Por supuesto quisiera todo aquello que ofrecen en estos países, pero si no lo tengo (ya reivindicaré donde sea necesario), no son los alumnos los que deberían salir perjudicados. No escogí esta profesión por el sueldo o las vacaciones (para quien las tenga). Nuestros alumnos no pueden pagar un sistema mal planteado. Para nosotros, ellos, nuestros alumnos, son lo más importante. Son nuestra responsabilidad. Puede pasar que el sistema falle, que los padres no se ocupen de su parte, pero, ¿y nuestra labor? ¿Soltamos los troncos sin orden ni concierto por el nacimiento del río para que lleguen, como sea, al mar? ¿Estarán preparados?

La sociedad avanza, cambia, evoluciona a un ritmo vertiginoso en el que, en muchas ocasiones, llegamos tarde. No es suficiente saber muchos conocimientos, ser el mejor en tu área. Tienes que saber transmitirlos, adaptarte a las nuevas necesidades dependiendo de tu “público”. Para ello necesitamos una formación adaptada a nuestros alumnos de hoy y para los de mañana.

Encontrar profesores con competencias docentes y emocionales es la clave. Y diría más, encontrar a profesores que, aunque no tengan este tipo de competencias, se interesen, busquen y se formen para conseguir tenerlas y llegar a sus alumnos, ésa sí es la clave.

Si uno de nuestros objetivos como docentes es enseñarles a aprender, ¿por qué nosotros debemos dejar de hacerlo? Nos queda tanto por aprender… En habilidades sociales, dinamización de grupos, comunicación, nuevas tecnologías, nuevas metodologías, convivencia escolar, educar en la diversidad de tu alumnado, en inteligencia emocional, etc.

¿Es cuestión de la edad de los profesores su implicación con la formación? Es cuestión de las ganas que tengas y lo que te importen tus alumnos. Va con la persona, independientemente de la edad que tenga. Igual pasa con el sentido común, el humor o la actitud… Depende de ti.

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