Un vistazo al panorama educativo

13 de Junio de 2017
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Un vistazo al panorama educativo

Tengo la sensación de que es difícil aportar algo interesante a este mundo tan efervescente que se han vuelto las redes cuando hablan de educación. Por un lado, hay una abundancia de foros, propuestas, opiniones y planteamientos que a veces nos abruman y, como casi siempre en internet, nos confunden y obligan a cribar con cierto grado de inseguridad. Todos son expertos y todos dicen algo que parece ser importante. Por otro, esta sensación que voy a definir como el síndrome de tuiter, ya que hay que decir algo impactante y en pocas palabras.

En los setenta y en los ochenta había pasión política cuando se hablaba de educación, al menos parecía que el mundo iba a poder cambiar gracias a ella. Es más, era casi por definición el motor del cambio. Y, aunque esto no deja de ser cierto, lo es de aquella manera, con matizaciones y límites, creo yo.

Esta pasión política se ha ido transformando.  Por un lado este mundo es más global, complejo e interdependiente, de tal forma que ya no todo está en manos de lo que una nación haga, del esfuerzo que en estos momentos podríamos llamar local. Inevitablemente se percibe que el empeño, por más poderoso que sea, se vierte en un marco más grande y, por tanto, todo queda más diluido y es menos motivador, porque los resultados están más lejos de nuestras manos y de nuestras posibilidades. Y eso, a pesar de que la gestión y algunas decisiones se han descentralizado.

Otra deriva de este impulso político corre paralela a las transformaciones de la sociedad y los cambios de pensamiento ocurridos en las últimas décadas. Percibo que hay una cierta polarización de las discusiones y de los debates. Nos hemos alejado de las razones y se apela más a las corrientes de pensamiento, a lo que está bien o mal al amparo de los marcos ideológicos a los que nos adscribimos, dificultando convergencias y sinergias. Necesitamos buenos análisis que nos permitan, con la razón y los datos hacer un buen diagnóstico y tomar medidas para cambiar aquello que no funciona o podría hacerse mejor.

No sé a ciencia cierta qué está mal y bien, ni siquiera lo que está mejor o peor, pero me atreveré a proponer algunos lugares donde mirar y poner el acento. Parece que hay cosas que sí funcionan.

La primera y fundamental es procurar que el alumno esté y sea activo en el aula, por el camino o metodología que sea. Da igual que sea un aprendizaje por proyectos, que en clases invertidas o con aprendizaje cooperativo en cualquiera de sus variantes. Cuando superamos su pasividad y despertamos su capacidad de hacer cosas, estamos en el buen camino. Y no he dicho nada de motivación, me he quedado en el hacer.

La emoción es fundamental en la tarea. Sí, ya sé, las neurociencias y la inteligencia emocional. Pero no seamos ingenuos, no hay tanto nuevo y se sabe, desde hace bastante tiempo, que el sistema límbico, en particular, la amígdala, tienen especial relevancia en la formación de la memoria y en los aprendizajes. Además, nuestra experiencia nos dice que recordamos y aprendemos mejor cuando vivimos emocionados esas experiencias. Procuremos que el aprendizaje se produzca en un contexto emocionalmente activo.

Un alumnado con buen autoconcepto y adecuadas habilidades de vida (fundamentalmente toma de decisiones, manejo de emociones y control de la presión) puede ser autónomo, tomar las decisiones que le conviene y no las que le imponen el medio o el grupo. Éste es un alumnado sano, equilibrado, en condiciones de afrontar los retos y malos momentos de su desarrollo vital y capaz de no sucumbir ante las presiones que indefectiblemente va a tener, especialmente en momentos delicados  de su vida. Los programas de prevención de drogodependencias, de prevención del acoso y otros en esta línea tienen muchos de estos elementos y deben ser potenciados por su gran impacto emocional y de éxito social.

Sorprender en la actividad, romper con lo previsto, captar la atención es tarea del docente y ayuda a motivar al alumno y a ponerlo en marcha, como la energía de activación en una reacción química. Pero no mantiene la reacción, no mantiene el aprendizaje. Los expertos hablan de una motivación intrínseca, por la tarea en sí, por el saber o por el hacer; y una motivación extrínseca en la que distinguiríamos entre la necesidad de alcanzar unos objetivos y el desafío de alcanzarlos como meta de aprendizaje (por eso, los retos como metodología son motivadores). Uno se motiva cuando cree que puede alcanzar una meta.

Por supuesto que como profesor debes enamorar por tu empeño e ilusión, por tu buen conocimiento de la materia, por comunicar bien y sencillamente, por tu entrega y honestidad, por ser un referente poniendo  límites y orden en sus vidas pero con respeto y afecto, por el trabajo con rigor y bien hecho, y por tu formación y renovación permanente.

Me gustaría recuperar  un campo que parece menos novedoso pero que ha probado alta eficacia. Me refiero a las estrategias de aprendizaje en las que llevo trabajando años. Por un lado, las cognitivas en los procesos de adquisición, codificación y recuperación de la información, absolutamente necesarias como complemento en el desarrollo de las metodologías más innovadoras; por otro, las metacognitivas y de apoyo que han vuelto a un primer plano en lo que se ha renombrado como inteligencia ejecutiva, o sea, control del proceso de aprendizaje y toma de decisiones.

No sabemos muy bien cómo evaluar, pero hay que evaluar el desempeño profesional. Es necesario porque somos piezas esenciales del sistema y tenemos que ser valorados en nuestro desempeño profesional. Nosotros mismos necesitamos saber cómo mejorar, saber qué hacemos bien y lo que tenemos que cambiar. El sistema actual que no evalúa bien nos condena a la mediocridad porque extingue las respuestas de quienes trabajan e innovan y refuerza, indirectamente, a quienes hacen menos pues reciben al final el mismo trato.

Hay diversos modelos de evaluación del profesorado, algunos usados a nivel nacional y otros internacionalmente, pero no acaban de reunir consenso suficiente ni entre evaluadores ni evaluados. Quiero hacer una propuesta de procedimiento que ya se ha usado, por ejemplo para diferenciar entre expertos y aprendices en ciertas tareas. Todos sabemos qué profesores queremos para nuestros hijos y cuáles no.  Analicemos diferencialmente sus cualidades y ofrezcamos perfiles en positivo y en negativo.

Tengo puestas muchas ilusiones en unos cuantos planteamientos y propuestas innovadoras que se hacen y ponen en práctica en nuestras aulas. Algunas  he tenido oportunidad de llevarlas a la práctica. Y tengo serias dudas sobre otras que veo con menos recorrido, más hijas de la oportunidad. Creo innecesario abrir una polémica que el tiempo cerrará sin lugar a dudas.

En cualquier caso, sabemos que grupos de profesores ilusionados, apoyados por equipos directivos que promueven y favorecen la innovación y el trabajo en grupo, son el mejor motor de cambio educativo. Sabemos que no importa tanto qué experiencia se esté implementando como el mismo hecho de estar desarrollando un proyecto que genere entusiasmo,  emoción y que haga que profesorado y alumnado estén activos y motivados por la tarea que tienen en sus manos.

Por ello invito a las administraciones no sólo a permitir esta diversidad de proyectos, sino que los favorezcan apoyando estas iniciativas con medidas administrativas como la estabilidad del profesorado y la dotación de recursos materiales. Que sean evaluadas y que si lo son positivamente sean potenciadas y se conviertan en centros de formación en la práctica del profesorado  mediante estancias en los mismos. Aprender haciendo es la mejor manera.

A este respecto, los profesores necesitamos abrir “nuestras” aulas a los demás para ser evaluados y para aprender de las experiencias de los que mejor lo hacen. Diversas evaluaciones internacionales reflejan este déficit en nuestro país y apuntan a esta práctica como un elemento transformador de primera importancia.

Como orientador que soy quiero terminar poniendo el foco en tres asuntos  muy distintos que considero de capital importancia y que, por sí solos, merecen un abordaje en profundidad. Además de relevantes, creo que son un problema muy común.

El primero se refiere a las competencias o destrezas básicas en comprensión y expresión, tanto  oral como escrita. No es responsabilidad únicamente de los departamentos de Lengua, es una tarea de Centro.  En bastantes casos, nuestros alumnos de Secundaria llegan a la Universidad sin saber comprender ni expresarse a un nivel mínimo. Y creo que el déficit es mayor en la expresión. Es ineludible abordar este problema desde la escuela y ya mismo.

El alumnado con necesidades educativas es el segundo; su situación ha ido mejorando desde los años ochenta, pero muy lentamente y no ha logrado un nivel adecuado de éxito. No es que el problema de la población en desventaja sociocultural esté adecuadamente tratado, pero es que este alumnado, en buena medida, tiene recursos potenciales de integración social. Sin embargo el alumnado con necesidades educativas especiales, conocido como clásicamente como de educación especial, sigue teniendo insuficiente encaje en los centros ordinarios. Y no es sólo cuestión de integración y normalización de la actividad educativa, que también, es de necesidad  de un modelo eficiente que permita mejorar sus competencias individuales, su efectiva integración y la adecuada inserción social posterior.

Por último, un tema que no emerge tanto y si lo hace queda sumido en la atención a la diversidad. Efectivamente, la Escuela como sistema que se encarga de la educación básica, tiene unas importantes cargas en los aprendizajes de factores verbales que hacen que el alumnado que no los posea en adecuado nivel tenga dificultades de éxito escolar y social. Todos, y los orientadores en particular, tenemos que ser capaces de detectar todas esas otras competencias, inteligencias o habilidades que sí tienen muchos de nuestros alumnos pero que no son de tanto éxito escolar. Para ello debemos abrir el espectro de observación y de detección de las mismas para poder dar la adecuada respuesta a este alumnado que tienen habilidades menos verbales pero muy útiles y necesarias en el mundo real y laboral. Me refiero a las llamadas inteligencias sociales, intra e interpersonal , a las artísticas o a las que están en la base de la actividad deportiva, por señalar las más llamativas.

Juan Carlos García Alonso

Orientador del IES Leopoldo Cano. Valladolid

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