La valentía del que educa

15 de junio de 2017
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La valentía del que educa

Almudena de Andrés es Máster en Intervención Psicológica por la Universidad de Valencia (ADEIT), diplomada en Hipnosis ericksoniana (ADEIT) y Focusing (Instituto Thus), y es especialista en Coaching avanzado por la Universidad de Alcalá de Henares. Posee estudios de PNL (Programación Neurolingüística) con metodología DBM, Inteligencia Emocional y Mindfulness; y es coautora del libro “Coaching a Escena”.

Educar es mucho más que enseñar. Enseñar implica mostrar nuevos conocimientos que servirán a los alumnos para funcionar en el mundo. Y esta parte es fundamental para formar adultos que se sepan desenvolverse como adultos en el futuro. Pero educar implica mojarse, ir más allá de lo que dicen los libros. Educar es dar ejemplo con la presencia y con los actos, y esto no está exento de ciertos riesgos.

El que Educa debe mantener el equilibrio entre el Afecto y las Normas. ¿Y cómo se hace esto? Equivocándose muchas veces, y volviendo a hacer mil y una vez.

El Educador, dícese del padre, la madre, el profesor o cualquier miembro de la tribu, debe mantener el equilibrio entre la ternura, el refuerzo positivo y, sobre todo, muchas dosis de amor, y al mismo tiempo mostrarse como Autoridad.

El Educador tiene la responsabilidad de mirar a cada niño y ver sus potencialidades, o incluso, no verlas, pero apostar por él, para pueda llegar más de dónde está ahora, convertirse en su coach, su fan, su seguidor… en su Pigmalión, porque esto tiene su efecto.

¿Y qué es eso del efecto Pigmalión? El efecto Pigmalión tiene su origen en un mito griego, en el que un escultor llamado Pigmalión se enamoró de una de sus creaciones: Galatea. Hasta tal punto llegaba su enamoramiento que que trataba a la escultura como si fuera real. Un día Afrodita, la diosa del amor, al ver el amor que sentía Pigmalión por su escultura, la dotó de vida; haciendo realidad todos los sueños de este.

¿Y cómo se traduce esto en las aulas? Pues Rosenthal y Jacobson lo tradujeron con el siguiente experimento. Dividieron aleatoriamente a un grupo de alumnos en dos grupos y les dijeron a los profesores que en uno de los grupos estaban los alumnos más brillantes y en el segundo de ellos los más torpes. ¿Y sabes lo que pasó? Pues que los resultados respondieron a estas expectativas, y no porque esta división fuera real, si no porque los profesores apostaron por unos alumnos y no por otros. Lo mismo que le pasó a Pigmalión.

Teniendo en cuenta esto, no debemos desdeñar la responsabilidad y el valor de los educadores y todas las personas que se dedican a la formación. La  obligación del profesor es creer en sus alumnos, y ayudarles a que saquen lo mejor de sí mismos, como hace un escultor con un trozo de piedra que es capaz de sacar lo que hay dentro.

Y como decía antes, con grandes dosis de Amor, porque los chicos en los centros, necesitan también de cariño y afecto. Todos lo necesitamos, cuánto más los cachorros humanos que están aprendiendo a lidiar con el mundo.

Educar significa también poner límites, convertirte en un referente para ellos. Hay que decirles que no cuando es que no (y que sí cuando es que sí). Porque esos límites son necesarios para su desarrollo.

Y para eso, profesor, debes convertirte en Autoridad, en una Autoridad real y afectuosa, a la que puedan acercarse con cariño y al mismo tiempo con respecto. Convertite en Autoridad significa saber encontrar tu lugar en el aula y sobre todo encontrar tu lugar de Autoridad dentro de ti, porque esa será la Autoridad más real, y esa solo está reservada para los valientes. ¿Te atreves?

Página personal de Almudena de Andrés: www.almudenadeandres.es

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