No estás solo

22 de Junio de 2017
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No estás solo

Sé que estoy intentando engañar a mi mente y que mi cerebro no dé la orden de escribir lo que la curiosidad me ha hecho hacer. Aunque no me gusta empezar los artículos con una definición, lo he hecho. Y alguien pensará que “la curiosidad mató al gato”, pues si yo soy el gato…aún me quedan seis vidas más.

He consultado el diccionario de la RAE y no puedo negar que me viene que ni pintado, pues una de las diferentes acepciones de la palabra “Tutor” la define como “Persona encargada de orientar a los alumnos de un curso o de una asignatura”.

¿Cómo se pueden interpretar estas palabras? Pues si yo tuviera que redefinir el término diría que TODOS los miembros del colegio, en un momento dado, somos tutores, somos guía, de cualquier alumno con el que nos crucemos.

Aquella persona que toma la decisión de dedicarse a la docencia, es consciente que adquiere un compromiso con sus alumnos, con las familias y consigo mismo. Claro está que a quien se le adjudica el término de “Tutor/Tutora”, o incluso lo ha heredado, lo hace con una mayor responsabilidad (si cabe) ya que es la persona que servirá de nexo de comunicación entre  alumnos-profesores-familias. Se convierte en la mamá/el papá del cole y es su obligación participar en el crecimiento educativo de todo aquel que le rodea. Es una labor conjunta.

Pues de igual manera que nos parece una aberración abandonar a un bebé en un contenedor, ¿por qué somos capaces de desatender a nuestros compañeros, a nuestros alumnos o a sus familias?

La labor de un profesor no es solamente cumplir con un horario o acabar con los contenidos temporalizados y programados al principio de curso. Cuando estamos frente a esos pequeños aprendices (y no solamente en las aulas), somos sus referentes, sus guías y orientadores. Somos las personas en las que confían (ellos y sus familias), en las que acudirán si hubiera cualquier problema. Y no por no ser su “Tutor-a” dejamos de hacerlo. E incluso ese compañero no tutor sirve de firme apoyo para quien sí lo es, facilitando su labor. Aquel que ha sido honrado con el título se tiene que sentir respaldado, acompañado e informado por el resto de sus compañeros que le ayudarán a realizar su tarea con aquellos alumnos que le han sido confiados. Aceptarán las medidas que el tutor, y en muchas ocasiones junto el gabinete psicopedagógico y las familias, ha(n) decidido y las pondrá en marcha. Es una labor de todos conseguir que nuestros alumnos se conviertan en buenas personas el día de mañana. De igual manera que nosotros motivamos a nuestros discentes para trabajar en equipo, debemos demostrar que somos capaces de hacerlo nosotros mismos, en primera persona. ¿Quién es el adulto?

El tutor debe saber escuchar, confiar en sus alumnos, luchar por ellos, ser su confidente, y su portavoz llegado el momento, ser un gran comunicador y trabajar en equipo. Debe coordinarse con el resto de sus compañeros para poder orientar y/o redirigir a sus alumnos e informar a sus familias. Todo este trabajo puede ayudar al rendimiento académico del alumno.

La peor cara de nuestra profesión es sentirnos solos a pesar de estar rodeados de niños y de juegos, de gente y de ruido.

Cuando me dieron la primera tutoría, después de estudiar mi Filología pero sin ninguna noción de cómo dar clase ni cómo tratar con los alumnos, el miedo recorrió mis venas. “Es normal”, me dijeron; “Lo normal es relativo”, pensé. Y solamente me sirvió una nota de mi compañera tutora de otra clase, deseándome un buen curso, para darme cuenta que no estaba sola. Que aquella aventura la viviríamos juntas. “No estoy sola en esto”, me dije y gané confianza.

Aquella sensación de “mami del cole”, la de tener de repente treinta “hijos” (alumnos) a los que cuidar, defender, escuchar, atender, sermonear,…en definitiva, educar, no te la enseñan en la universidad. Tampoco la inseguridad, el miedo o la preocupación por algún acontecimiento que ha pasado en clase, que te ha contado algún compañero, cualquier otro alumno o un familiar; o simplemente las dudas que oyes en tu cerebro por si lo estás haciendo bien; el nudo en la boca del estómago antes de entrar a las primeras reuniones con los padres de mis alumnos. Es inevitable no parar de pensar en aquellos a los que no puedes atender como a ti te gustaría ya que hay otros que te quitan el tiempo, el sueño, la vida.

Saber que has hecho todo lo que has podido, junto con sus familiares (o no), para que cada uno de tus alumnos avancen y crezcan, es gratificante. Que cada conversación, sermón o acto que has decidido ha valido la pena. Te involucras porque te preocupan y son tu responsabilidad. Encontrarte (en persona o virtualmente), pasado un tiempo, con tus alumnos o con sus padres, que te recuerden y te agradezcan tu labor, te llena el alma y te recuerda por qué te hiciste profesor.

Vuelves a mirar a tu alrededor, oyes el ruido, los gritos de júbilo en el recreo; los ves, a ellos, a tus compañeros y a sus familias. Sonríes. No está solo, formáis un buen equipo. Nos une un mismo objetivo: el bienestar de nuestros alumnos/hijos.

Todos aportamos… Depende de ti.

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