Espejito, espejito

25 de enero de 2018
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Espejito, espejito

Cada vez tengo más claro que no es nada fácil ser padres y, por tanto, tampoco lo es ser docentes. (Perdonad que equipare los dos “personajes del cuento” en el que el protagonista, siempre, es el niño). Seguramente esta afirmación no os sorprenderá en absoluto. No es nada nuevo e incluso es muy recurrente, pero, aun así, la desarrollo.

Siempre partiendo de la idea de que, padres y profesores, lo hacemos (o lo intentamos hacer) lo mejor posible en la ardua labor de educar a nuestros hijos/alumnos… A pesar de eso, fallamos. ¿Por qué? Porque no hay ningún manual que cuadre con cada uno de ellos y nos solucione la existencia. Porque somos diferentes. Porque equivocarse es de humanos y no pasa nada por reconocerlo. Porque lo que te funcionó con el mayor de tus hijos, no funciona con el pequeño. Porque tus alumnos cambian de un curso para otro. Porque yo no soy la misma que la que fui hace una semana. Porque el mundo gira demasiado deprisa o porque hay distintas tonalidades de atardeceres.

Os voy a contar un secreto: No lo sé, no tengo la solución. Hay tantos elementos que interfieren, que es imposible ser un gurú de la educación.

¿Os cuento otro secreto? Os puedo contar lo que a mí me funciona: “el sentido común”. Y eso no significa que ése sirva para todos. Cada uno debe de ir descubriendo el que mejor le funcione. Adaptarse a las circunstancias, aprender, equivocarse y levantarse. Porque desde que nacen, estamos educando. Somos responsables de su educación, en el sentido amplio de la palabra.

No me conformo con transmitirles conocimientos. Quiero que respeten, valoren lo que tienen, que se esfuercen y luchen por lo que quieren sin hundir al compañero. Que sonrían, jueguen y se abracen. Así me enseñaron a mí, en casa y en el colegio. Por eso quise estudiar Filología, para ser la profesora que muchos fueron conmigo… Y esto me recuerda algo:

Desde pequeños, aprendemos imitando lo que vemos y escuchamos de “nuestros héroes”.

¿Cuántas veces nos hemos quedado embelesados mirando a alguien que admiramos? ¿Cuántas de ellas hemos querido imitar sus movimientos, sus palabras e, incluso, sus pensamientos?

Por tanto, nuestros hijos/alumnos son espejos donde reflejarán en ellos todas las acciones que muevan su mundo. Por eso hay que ser muy cuidadosos con lo que hacemos y decimos delante de ellos. Si queremos que sean respetuosos, nosotros debemos serlo. Si pensáis que en ese momento no escuchan porque están entretenidos con alguna tarea, es error de principiante pues tienen el superpoder de la escucha selectiva. Si quieres que ayuden en casa, que recojan sus cosas, o que cuiden su material de la clase, etc., que te vean hacerlo.

Si no nos gusta que digan palabras malsonantes, no las digamos nosotros. Si llegas a casa o al aula con una sonrisa, él la imitará porque, igual que copian las acciones, lo hacen con los estados de ánimo. Somos su modelo, su guía, el espejo donde mirarse… No solamente cuando son más pequeños. Seguimos siéndolo en todas sus etapas, hasta cuando son adolescentes y nos “odian” porque entorpecemos su camino.

No hace mucho llegó a mi whatsapp una ilustración dónde aparecían dos mamás en un banco y dos niñas en el de al lado. Una de las adultas estaba leyendo un libro, la otra tenía entre sus manos un móvil y no hacía falta saber quién era la madre de cada una de las niñas, ya que las pequeñas estaban haciendo lo mismo que sus madres. La madre que sostenía el teléfono le decía a su compañera de asiento que no entendía cómo conseguía que su hija leyera libros. Seguramente sabréis de qué viñeta os hablo porque en pocos días se hizo muy popular en las redes sociales. Incluso yo que soy defensora de las nuevas tecnologías y que sé que se puede leer en los dispositivos móviles sin necesidad de tener el papel delante, entendía esta como el mal uso que se hacía de ellas. Es decir, y lo enlazo con lo que comentaba anteriormente, si yo no quiero que mi hija o mi alumna consulte el teléfono continuamente, que esté todo el día conectada, chateando o perdiendo el tiempo, no lo debo de hacer yo…

O, sin ir más lejos, hace un par de días iba con mi compañero a la salida del colegio y nos giramos al escuchar a un padre gritar insultando a otra madre y a la hija de ésta sin estar ellas presentes. Pero quien sí lo estaba era su hija que no tendría más de cinco años. El padre estaba realmente enfadado por alguna situación vivida dentro del centro, pero, su hija lo observaba entre curiosa y asustada. ¿Qué le diría esa niña al día siguiente a su compañera?

La ira no es una excusa para comportarte, precisamente, como no quieres que lo hagan tus hijos o tus alumnos.

Debemos reflexionar ante cómo queremos que sean nuestros hijos o alumnos, así seremos más conscientes de los comportamientos que debemos adoptar ante ellos (y ante la vida).

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